...En lo que llevamos de año y por uno de esos sorprendentes, al tiempo que gratos, avatares que
la vida nos tiene reservados, estoy reviviendo, con no poco gusto y emotividad, el reencuentro con mis años en el seminario, con algunos de mis compañeros de entonces, con el seminarista que fui. Creo que alguna vez he comentado en este blog que no concibo mi vida sin el paso por
aquel lugar que aún sigue, bien que sin sombra de lo que fue, en la plaza de
Gracia de Granada…
Es curioso que mis recuerdos buenos, lo que se dice buenos, pueden contarse con los dedos y no necesitaría muchos; sin que me faltaran las pequeñas grandes alegrías de niño, ni la natural pasión por jugar, yo vivía casi en permanente estado de temor, resumen de muchos
temores pequeños y mayores que hacían de mi una pequeña alma en pena. Como he
dicho a alguien cuando ha venido a cuento, mi estado civil de aquel tiempo era
asustado…y, sin embargo, parece, y realmente es así, como si el recuerdo de esos
temores se hubiera diluido o se hubiera asentado, concentrado, pura alquimia, en un poso de ternura y cariño, de agradecimiento a aquel tiempo, que es el sentimiento que siempre he llevado conmigo, que siempre he comunicado cuando ha venido a cuento y es lo que me está permitiendo
esta ancha porción de felicidad con el encuentro virtual (wasap) y en algunos
casos concreto con mis compañeros de quintas de latines y otras hierbas…Entré en aquellos tutelares muros en septiembre de 1963 y me licenciaron seis años después...

Por mor de ser seminarista, eras de oficio monaguillo de tu pueblo, con todas las funciones y labores parroquiales que el ser acólito conllevaba: ayudar a misa, tocar las campanas (llamando a misa, y doblar o repicar según fuera por festividad o por duelo), cantar en algunas misas (aquellos principios con el socorrido "Vayamos jubilosos" inamovible número uno de los píos cantos de entonces), dirigir el rezo del santo rosario, ayudar en las bodas, bautizos (“padre, échele sal al niño para que sea gracioso”), ocasionalmente ir con el cura a llevar el viático o la extremaunción a algún enfermo que ya iba concluyendo su paso por este valle de lágrimas…, poner el catafalco (ese armazón de madera que se cubría con un paño negro...me asombraba aquello) para las misas de difuntos, y, por supuesto, los entierros…

Aquí mis recuerdos se centran en una tarde de verano de los años 60, aquellas tardes calurosas, silenciosas, adormecidas, desperezándose ya de la siesta de rigor...Tendría yo 9, 10, 11 años...; el párroco se llamaba don Francisco.
In illo tempore, cuando alguien se moría, el cura y su monaguillo salían de la iglesia camino de la casa del finado para empezar el desfile. Ahí me veo con don Francisco, él con un libro abierto en las manos, tocado con su bonete y revestido con su capa negra, servidor con el acetre y el hisopo, me veo, nos veo, decía, por el solitario camino que pasaba por donde antaño se alzaba el cine "de abajo", andando a la calle Higueras, una calle de las más populares de la Zubia, también de las más humildes, dentro de la modestia general de aquel tiempo...
En aquel tiempo, decía, una vez llegados con el difunto a la iglesia y oficiada la misa de córpore insepulto, se iniciaba el largo paseo hacia el cementerio...Calle Real, barrio Alto, parada en la ermita de San Pedro, el Mazacote, el camino de Gójar...aquí ya las casas desaparecían y se tenía vista del cementerio (el cortijo de los callados, como decían en mi pueblo..), que aparecía muy solitario y como muy lejos...el paseo concluía a los pies de la misma fosa, el popular hoyo, que previamente había abierto el Juan Simón de turno ...todo esto, hablo, con el cura siempre presente...y el monaguillo...
Iba primero el difunto (con los pies p´alante, como se decía, uno de tantos eufemismos para nombrar el morir...) con sus porteadores, seguidos del cura (y el monaguillo), y justo detrás,en recogido silencio, tal vez adobado de algún suspiro o un lloro contenido, los deudos , en orden decreciente según su cercanía con el muerto, para continuar con el acompañamiento, y terminar con los que iban de verdadero cumplimiento, (cumplo y miento como nos explicaba socarronamente el padre espiritual relativo a esta palabra)...años después, ya sin cura ni nada, y el muerto en coche, he podido apreciar cómo en murmullo creciente cuando más se aleja de la cabeza la gente va hablando y los últimos acompañantes van ya muy ajenos al duelo y al dolor...en fin...
...En aquella calle Higueras había muerto un hombre, al parecer no mayor, dejando una familia desamparada. La llegada del cura marcaba el momento de la necesaria y fatal despedida de la casa. Don Francisco, susurrando latines, yo arrimado a él, cogido con una mano al dorado filo de su capa...entramos a la casa, había que bajar unos escalones, aquello era estrecho, un poco oscuro, casi lóbrego, puede que fuéramos un poco cegados por la luz exterior, recuerdo paredes, encaladas, sin más adorno que un cuadro del Sagrado Corazón, tal vez la virgen del Carmen, y una mariposa prendida puesta en un tazón de aceite... y gente enlutada de pies a cabeza...Ya no quedaba sino dejar paso a los hombres para sacar la caja...fue en este momento cuando la mujer, la viuda, se abalanzó sobre ella llorando, gritando desconsoladamente, desgarradoramente "ay, no os lo llevéis, qué sola me dejas, , ayyyyy", algo así puedo oír y ver en el recuerdo...
...Y veo la caja apoyada en la tierra recién removida, desclavado el crucifijo, y me veo junto al cura echando los últimos rezos sobre ella, acercarle el acetre, asperjar con el hisopo, bajar con cuerdas la caja y escuchar las paletadas cayendo sobre la caja, resonando hondas y ahuecadas primero, atenuadas después…Don Francisco y Antoñito, un servidor, iniciábamos el regreso...
Lo cuento como una película rodada por Luis Buñuel en los años 50, o en el expresivo blanco y negro de las películas del realismo italiano...
Más de cincuenta años después rememoro este entierro y me acuerdo de aquella viuda, de aquella mujer desconsolada que siempre viene a mi memoria cuando deambulo por tanto cementerio en que me encuentro con estatuas como las que ilustro esta página...¿qué habrá sido de ella?...El cura don Francisco Carmona murió en 2016 según veo en el socorrido internet...Tenía una Vespa y recuerdo cómo se recogía la sotana antes de subirse...muchos recuerdos que ya se alejan de estos desconsuelos que quería plasmar...
Comentándole a mi hermana el borrador de esta página y mirando las imágenes, me dice que no hay estatuas de hombres desconsolados...alguno he encontrado, sí, pero tan apenas...tal vez los hombres se desconsuelan de otra manera, tal vez su desconsuelo no es fácil de plasmar, a lo mejor su desconsuelo es efímero y la piedra un soporte excesivo, qué se yo... recordando el verso de César Vallejo...viste de gracia y pena, viste de mujer...








