Habitada desde la antigüedad, Kastelórizo, desde la civilización micénica hasta la actualidad pasando por otomanos, venecianos, franceses, ingleses e italianos, hasta marzo de 1948 que se incorpora a la Grecia actual, fue un enclave estratégico, siempre, y más durante la segunda guerra mundial...
La isla ganó popularidad en tiempos actuales cuando la película italiana Mediterráneo, íntegramente rodada en ella, consiguió el premio Óscar a la mejor película de habla no inglesa. Ello fue en 1992. Recuerdo que la vi en Granada, en los hoy abandonados Multicines Centro, las salas en que se fragmentó lo que había sido el gran Palacio del Cine, todo ya historia...y recuerdo también que, mayormente, me aburrió, la encontré sosa, con un humor un tanto simplón...pero me quedé hasta el final, viendo la interminable lista de letras que componen los llamados créditos, y así conseguí leer dónde se había rodado: no sabía que ahí, hace 34 años, estaba germinando mi venida a la isla. En el barco que me lleva desde Rodas, entre tres y cinco horas de trayecto, dependiendo de la naviera, empiezo a revisar la película que está en Youtube, aunque sea en italiano, y voy anticipando algo de lo que veré...
...justo es el cementerio, avejentado por obvios motivos cinematográficos, lo primero que como tal se ve de la isla cuando los soldados italianos de la película desembarcan. Después, alguna vista del castillo, mucha roca, pura caliza como en casi todas las islas del Mediterráneo, montañas, arbustos espinosos... ¡y las fachadas de las casas!...que hoy lucen atractivas a lo largo de la curva que dibuja el paseo marítimo: tiendas, restaurantes, todo con sosiego, encalmado...
El pueblo, la capital, solo hay uno, tiene el sereno, arrebatador, atractivo, solo visto y constatado en Chalki y, sobre todo, y en grande, en Symi: casas de estilo neoclásico, con tejado a dos aguas, fachada rematada con frontón, y todas pintadas en suaves tonos pastel que es lo que resume su encanto de conjunto. En Kastelórizo las casas de alinean en torno a la cerrada bahía, una concha perfecta que le abriga de oleajes ofreciendo un puerto más que seguro. Las costas turcas quedan a tiro de piedra, como en tantas otras islas del Egeo.
Sorpresa, no pequeña y harto buena, me supuso encontrar recién inaugurados, como quien dice, balizados, una serie de gratos senderos, forzosamente no muy largos pero no menos sugerentes por su accidentada geografía...y es así como pasé las muy buenas 38 horas en la isla...
...empezando, apenas desembarcado, subiendo esta escalinata, más de 400 peldaños que ya desde el mismo barco me estaban llamando, escalones que me llevaron a la pétrea llanura en el centro de la isla donde me aguardaba el santuario de san Jorge, Agios Giorgios, a cuya puerta, tras la frugal cena, generosamente regada, eso sí, con mesa y sillas bajo la encina, me acogí...(¡con la suerte de una silla!, como me decía una muy buena amiga...pena que una silla no ablande ni tanto así el suelo mondo, et lirondo...)
Una de las sendas sube a Paleokastro, donde estuviera la antigua acrópolis, un fragmento más de la propia esencia griega, donde se unen sillares, ancestrales, ciclópeos, santuario moderno, el inmenso azul de fondo, sin faltar olivo ni cabras... qué seres, nosotros antes, tallarían los peldaños de esa cisterna...
...pero estaba ignorante de una más que agradable sorpresa que me aguardaba...
En octubre de 1989, con Pandora, dentro de aquel intenso bucle mediterráneo, pasé por la isla de Capri...el estado del mar no permitía la entrada a la famosa Grotta Azzura, una de las ilusiones de aquel niño que era y su álbum de las maravillas del mundo que tenía (y aún guarda, guardo)... Aquí en Kastelórizo hay otra cueva azul, hermana de aquella, que me sacó limpiamente la espina italiana. Un barco mayor nos acerca a la rocosa costa donde se ubica y una barquita, en varios turnos, nos adentró en ese paraíso azul. Había que tumbarse en la barca para no aporrearse en la mínima apertura... traspasado el umbral, la maravilla: el azul ultramarino que vi en Amorgós, el azul de banderas y ermitas, la gama de azules irisados cuya paleta viene de tiempos homéricos...la maravilla, extática, por unos minutos, atemporales...
...Al final de la película, el teniente, envejecido, como corresponde al paso de unas décadas, vuelve a la isla a visitar a Antonio, soldado que no quiso salir de Kastelórizo (Castello Rosso) cuando el rescate, de tal forma se había enganchado de y con Basilisa... que ya descansa en el cementerio...
...con él, en el barco, llega un contingente de turistas, como anunciando el tiempo en el que estamos, los tiempos modernos, el turismo, el modus vivendi de este lugar, como en más de medio mundo...turistas mayormente griegos, turcos e italianos...y un servidor que vivió 38 horas, transitadas palmo a palmo, minuto a minuto, treinta y ocho horas entre el atardecer que llegué y el amanecer que me despide, bellísimos, clamorosos, ambos...
Esta página quedaría inconclusa sin citar, al final, como en personal colofón, el concierto de autillo que en polifonía de corta, media y larga distancia me acompañó la noche de san Jorge, agradecida banda sonora de aquella noche estelar...










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